Hace algunos días, en una nota publicada en Página/12, el agente literario Guillermo Schavelzon, que representa a autores como Paul Auster y Martín Kohan, opinó sobre la reciente decisión de diversas editoriales de obsequiar ebooks a sus lectores. Schavelzon aseguró que se trataba de una acción de prensa más que de una acción solidaria, ya que a ningún lector le importan los libros electrónicos, y que por eso no tiene sentido regalarlos. Creemos que esta idea, que atraviesa de distintas maneras al mundo del libro, merece una reflexión. Por un lado creemos que es cierto: se trata fundamentalmente de campañas promocionales, lo cual no tiene nada de malo, pero que en lugar de revalorizar a los libros digitales por un conjunto de características especialmente positivas en estos tiempos (ubicuidad y accesibilidad desde cualquier lugar del mundo, para empezar) desmerecen su valor y el trabajo que demandan, al mismo tiempo que, por oposición, revalorizan el carácter físico de los libros en papel, libros que prácticamente en su totalidad están ausentes para su comercialización y que a los lectores se les dificulta en exceso conseguir. En este mismo sentido no hubo, en estas semanas, ninguna campaña a favor de la lectura digital, del uso de eReaders o de la comodidad para leer en aislamiento, más allá de estos regalos por parte de editoriales.

Seamos sinceros: que los libros digitales no importan es la mirada por antonomasia de un sector muy grande de la industria del libro. Hay que tener en cuenta que, desde la consolidación de una industria hace alrededor de 200 años, se ha trabajado para colocar al libro en papel como único dispositivo de transmisión de la literatura, y que esta industria está conformada por editores, correctores, traductores, libreros, imprenteros agencias de prensa y muchos otros trabajadores y trabajadoras.

Para prácticamente todas las editoriales del mundo –podemos mencionar como salvedad a la unidad de edición de Amazon– el negocio está en los libros en papel. Por este motivo, sumamente entendible, lo importante es cuidar la dinámica comercial tal cual está. Es cierto también que no existen políticas activas, ni estatales ni privadas, de puesta en valor de la lectura digital, y pocas editoriales tradicionales se han encargado de posicionar sus contenidos digitales. Con respecto al público lector, el debate es amplio. Hay estadísticas que prueban que el volumen de lectores digitales está en aumento, aguja en muchos casos movida por el auge de la autopublicación digital, al mismo tiempo que el número total de lectores y de libros vendidos desciende en todo el mundo. ¿Por qué? Tal vez debido a la crisis mundial que afecta a todo el mundo desde el 2008, a la caída de los ingresos de la clase media, a la concentración de plataformas de venta en menosprecio de las pequeñas librerías, que desaparecen poco a poco, a las grandes editoriales y su búsqueda de mayor rentabilidad en menosprecio de la calidad de los libros que editan, a una tendencia global por la velocidad, el dinamismo y el consumo vertiginoso, que posiciona mejor a otro tipo de disciplinas, como la audiovisual o la industria de los videojuegos. Tal vez se deba a todas estas razones.

Ante situaciones como las que estamos viviendo aparece un nuevo problema: para bien o para mal, gran parte de la industria del libro no dispone de un soporte de lectura alternativo al papel. Con las librerías cerradas y las ferias del libro detenidas, el mundo del libro sufre una parálisis casi absoluta. El comercio de libros digitales todavía ocupa una pequeña porción del flujo comercial total, ya que el apartado de libros electrónicos está subsumido, salvo escasas excepciones, al comercio de libros en papel. Sin embargo, en el mercado del libro español, en las últimas semanas 50.000 nuevos lectores se zambulleron en el universo de los libros digitales, y en Argentina, informa Clarin, BajaLibros registró un incremento del 400%.

Posicionar y promocionar un libro digital –o un catálogo digital– es muy distinto a hacerlo con un libro en papel. Sus coordenadas, su integridad inmaterial y el contexto que habitan con respecto al papel son muy distintas. Para empezar, muy poco medios y periodistas realizan reseñas de títulos digitales; no hay libreros que los sugieran, tampoco ferias o festivales que permitan darle visibilidad a sus autores o editores; cada libro digital, además, debe posicionarse ante catálogo infinitos de editoriales de todo el mundo, que a su vez no se agotan nunca; y, por si fuera poco, compiten directamente, con un solo movimiento de la yema de los dedos, con las grandes plataformas de contenidos audiovisuales (Netflix, Amazon, Disney) o musicales.    

Creemos que la edición y la lectura digital tiene desafíos enormes, pero es necesario afrontarlos, porque a medida que el formato crezca es posible que los lectores, escritores y editores del futuro estemos subsumidos a la centralización total de los mecanismos de distribución de las imponentes plataformas de concentración, con sus propias lógicas de visibilidad, recomendación y comercialización. Y deberemos empezar de cero, en un escenario muy adverso, sin las herramientas ni los conocimientos adecuados, en una zona completamente solidificada de antemano. Es importante que los próximos agentes de innovación y experimentación dentro del sector editorial no sean únicamente las industrias del entretenimiento y las empresas de tecnología, en lugar de quienes escriben, leen y editan, para que los libros sigan siendo libros, y que la literatura que nos enamora sigue existiendo, en un formato o en otro. Debemos empezar a imaginar un nuevo espectro de posibilidades entre la dependencia gráfica de los libros impresos y el determinismo de las plataformas de concentración.

Es hora de pensar alternativas a nuestros soportes de lectura, ampliar el imaginario, estar cerca de los lectores sin importar el lugar del mundo donde vivan. Creemos que es hora de imaginar nuevas experiencias de lectura, de ser creativos ante un escenario que cada vez se nos presenta más cercano. Tal vez este sea el momento ideal para que quienes leemos, escribimos, criticamos y editamos nos animemos a pensar e imaginar nuevas posibilidades y destinos para los textos.